25 jul. 2011

Vivir

Hoy ha nacido el hijo de una prima mía, con la que me une una muy buena relación. Esta tarde he ido al hospital a verla y a conocer a su hijo. Tenía horas de vida (extra-útero) y aún le quedaban restos de vérnix en la piel. Su primer día separado físicamente de su madre. Los recién nacidos transmiten algo. O al menos, a mí me transmiten algo. Y sé que es algo que va más allá de la simple ternura, de la felicidad de ver a un niño sano y a unos padres felices. Cuando veo a un recién nacido, o a un niño pequeño, recupero parte de la fe. Veo la capacidad que creo haber perdido ya. Capacidad de hacer cosas, capacidad de ser bueno, capacidad de sonreír, de disfrutar con las pequeñas cosas de la vida. Vuelvo a ser capaz de sorprenderme con cualquier cosa cotidiana. Veo que la cotidianeidad puede ser un descubrimiento continuo y que se puede disfrutar de casi cualquier cosa... Siento muchas cosas al ver a un niño, siento que todo es posible, que todavía hay esperanza. Creo más en mí y, sobre todo, creo más en los demás.

Tal vez por eso quiera ser pediatra.

(Nota: en los auriculares suena Antony and the Johnsons, muy buenos).

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