21 ago. 2011

Carver

Domingo por la noche. La casa está en calma. La luz roja de la BlackBerry lleva un rato sin parpadear. En  Twitter una interesante discusión sobre las dosis tóxicas y letales del paracetamol que no tengo ganas de leer. Y en los auriculares suena Fistful of love, de Antony and the Johnsons, que van a seguir sonando mientras escribo esto.

El libro de Carver, Tres rosas amarillas, ya está en la estantería, junto a Si me necesitas, llámame, del mismo autor. Leer a Carver me produce muchas sensaciones; me encanta su manera de escribir, su lenguaje claro, sencillo, sin ningún tipo de aspaviento. Su prosa es limpia, sencilla, pero cargada de significados, de ambientes, de experiencias humanas. Sus páginas, su manera de resaltar en cursiva algunos detalles, algunos pensamientos de sus personajes, transportan al lector, a mí, hasta la habitación de un hotel donde Chéjov está a punto de morir o hasta algún lugar perdido de Estados Unidos donde un marido arrepentido le dice a su mujer «Si me necesitas, llámame», para acto seguido volver a llamar a su amante. Leer cómo una mujer deja a su marido en una surrealista escena protagonizada por un par de caballos extraviados, me produce un gran desasosiego. Se activa algo visceral en mí, una mezcla de rechazo y admiración por la historia y por cómo es contada.

Carver escribe sobre la vida, sobre situaciones que probablemente estén pasando ahora mismo, mientras las agencias empiezan a anunciar que Gaddafi ha sido capturado (¿quién se quedará ahora con el petróleo?). Habla sobre la cotidianeidad de la ruptura, del miedo, del hastío, del fracaso humano. Experiencias que, en mayor o menor grado, todos hemos sentido. Todos hemos fracasado. Todos hemos sido abandonados.

Una sensación extraña siento en mis brazos. ¿Miedo, nervios? No lo sé, pero no me gusta. Siento que me estoy embarcando en una aventura demasiado arriesgada. Y no veo ningún apoyo. Incertidumbre. Jamás me gustó sentirme así. Cuando los acontecimientos no dependen de uno. Cuando crees saber, pero no sabes lo que cree. ¿En qué estará pensando? ¿Qué estará sintiendo? ¿Qué significan sus palabras? Y lo que todavía es más importante, ¿qué significan sus silencios? Es una locura, y me encanta, pero me aterroriza. Supongo que como todas las grandes experiencias. Si otros lo han conseguido (y se me vienen muchos nombres a la memoria), por qué yo no. Adelante me digo, y a la vez soy incapaz de dar el primer paso. Necesito que me quites el miedo, necesito saber, necesito que me enseñes. Quiero volver a creer, pero necesito que me cojas de la mano y me enseñes el camino. Por favor. Y si no quieres hacerlo, no lo hagas, pero no prolongues mis anhelos, no me lleves a la esperanza para dejarme a mitad de camino. Por favor. No quiero tener miedo. Sólo quiero conocer, conocerte. ¿Vendrás? Mi única promesa es la lealtad.

Me hubiera gustado conocer a Carver, sentir en su voz sus historias, su aparente desesperanza y la cruda realidad de sus historias, donde lo más banal y más bajo se hace bello, como el adiós o la muerte. Pero él murió el año en que yo nací. 

(Pido perdón por este montón de frases sin un sentido aparente. Todo sigue como al principio).

15 ago. 2011

Mentir

Tengo una pregunta apuntada en un taco de notas sobre mi mesa. Y arriba el título de la entrada de hoy, «Mentir».

La pregunta es ¿Por qué mentimos? Todos hemos mentido alguna vez, todos mentimos. Y a todos nos han mentido. En cosas más o menos importantes, con mayor o menor repercusión, produciendo más o menos daño, la mentira está presente en el vivir de cada uno de nosotros.
¿Qué nos mueve a mentir? ¿Qué esperamos, qué evitamos cuando mentimos? Mentir es un mecanismo de defensa, de evitación del daño. Mentimos para ser quienes no somos, para agradar a quien tenemos delante, para que no piensen determinadas cosas y sí piensen otras... Somos capaces de mirar a los ojos a alguien, muchas veces a alguien a quien queremos, y mentirle. Engañarle. Hacer ver una realidad que no es tal, que no es sino lo que quisiéramos que fuera, pero que no es y que nunca será.

Presentamos mundos falsos, historias falsas, vidas que no hemos vivido... miramos a los ojos, pensamos «le quiero» y a la vez le mentimos. El acto más común de hipocresía. Y el más terrible. Mentimos a los demás, pero lo que en realidad hacemos es mentirnos a nosotros mismos. Pretendemos asentarnos sobre unas bases espurias creyendo que así seremos mejores, más fuertes. ¿Sin un sostén real? Difícil.

¿Cuándo creamos el problema de la verdad? ¿Cuándo empezamos a avergonzarnos tanto de nosotros mismos? Si todos hemos tenido buenas y malas experiencias, todos hemos sufrido, todos hemos disfrutado de personas, de momentos, de lugares... Nuestras vidas no merecen ser ocultadas, ser empañadas con un halo de fantasía; su cruda realidad, su fealdad y su belleza simultáneas son lo más preciado que podemos ofrecer a alguien. Y de paso nos ahorramos mucho sufrimiento posterior. Esas bandas de fibrosis que se nos marcan en la vida no restan un ápice de belleza a lo que somos. A lo que hemos sido y a lo que seremos. Las cicatrices, lo feo, lo que nos lleva a mentir, también es nuestro. Y nunca nos lo podremos quitar.

La experiencia de saberte mentido es dura. Son  gotas de agua fría que horadan nuestra confianza, nuestra esperanza, nuestras ilusiones. Poco a poco, pero de manera continua... La experiencia me ha enseñado que no merece la pena; así que  voy a atreverme y voy a ser sincero... y si puedo pedirte algo, lo único que soy capaz de pedirte, es que tú también lo seas.

7 ago. 2011

Ser humano

Ocurrió una tarde, tras salir de clase. Caminaba por la calle y, como todos los días, pasó por la puerta de un centro de atención a personas discapacitadas. Había un autobús del que se bajaban personas con distintas edades y distintas discapacidades y varios monitores.

De repente, un pensamiento sacudió su cabeza. ¿Qué estaba viendo? ¿A quién estaba viendo? Por un momento, no podía negarlo, no podía engañarse a sí mismo, había dudado. ¿De qué? De su humanidad. No de la de él, de la de ellos. Esas personas a las que estaba viendo (aquellos rostros característicos del síndrome de Down, aquellos niños y mayores con parálisis cerebrales y demás patologías) no eran como él. Él era un estudiante, y uno de los mejores, un chico sano, activo, con un futuro prometedor por delante. En unos años iba a ser un gran profesional, con un gran sueldo, tendría una pareja de su nivel, etcétera, etcétera.

¿Y ellos? ¿Quiénes eran aquellas personas, tan distintas de él? No supo responderse. No supo ver su humanidad, pues puso su idea de humanidad por encima de ellos... y no sabía por qué. Se sintió mal. Llegó a casa y seguía sintiéndose mal. Se podría decir que aquella idea le producía asco, asco de sí, pero no podía evitarlo. Lo había pensado, era su idea. ¿Por qué?

Por suerte, el tiempo le enseñó a ver la humanidad. Aprendió qué significa y qué es ser humano. Y se dio cuenta, como no, a través de las madres. De las madres que acuden a la consulta con sus hijos (que padecen síndrome de Down, de West, parálisis varias, niños con importantes retrasos psicomotrices, sin control de esfínteres, que no son capaces de articular palabra). Y les ves. Ves a los niños, ves a los padres, a las madres. Ves sus caras, su preocupación, su lucha, su sufrimiento, su conciencia de que están llevando a cabo una tarea que les sobrepasa. Pero ellos la sobrepasan. Y lo hacen por sus hijos. Porque son como cualquier otro. Quizá porque en su debilidad sean más humanos que nosotros. Ser humano es eso. Es ser capaz de sonreír o de tener un mínimo gesto y que a tus padres se les olvide todo el padecimiento y todo lo que llevan a cuestas. Ser humano es ser hijo, es ser un padre abnegado, es ser alguien que deja todo por atender, por cuidar, por... querer a alguien. Más que los cromosomas, más que pertenecer a la misma especie, lo que nos hace humanos es la capacidad de querer, de ser queridos, de abrazar, de transmitir con detalles insignificantes lo más profundo de nuestro ser. Incluso cuando no podemos transmitirlos.

Al cabo, se dio de cuenta de que él también tenía que aprender a ser humano.

1 ago. 2011

Rilke


«Apágame los ojos: puedo verte;
ciérrame los oídos: puedo oírte;
y aun sin pies puedo andar para alcanzarte,
y aun sin mi boca puedo conjurarte.
Ampútame los brazos, y te agarro
con este corazón, como con una mano;
detén mi corazón, y latirá el cerebro;
y si lanzas el fuego a mi cerebro
te llevaré sobre mi sangre.»

Rainer Maria Rilke