5 ene. 2012

A los que nos enseñan

Acaba de empezar el año y después de un tiempo sin escribir me decido a retomar la tarea. Los exámenes acabaron hace un par de semanas, las fiestas más importantes ya han terminado y la vuelta a la Facultad se va acercando...

Y yo llevo desde que empezó el curso rumiando esta entrada en mi cabeza. He pensado en hablar sobre mis profesores, sobre las clases, sobre los cambios en los planes de estudio, sobre la Universidad en general y quizá mientras escriba mis ideas se vayan perdiendo entre todos estos conceptos.

Empecemos por lo esencial. No me gustan las clases que recibo. Estudio 5º de Medicina y es mi sexto año de Universidad (y he pasado por dos). Y no me gusta la enseñanza basada en problemas (tan de moda con el plan Bolonia) y no me gusta el profesor robot lector de Powerpoints hechos años atrás. Ahora explicaré por qué.

Por suerte, en estos años me he encontrado con auténticos docentes, muy pocos, profesores vocacionales. Médicos que cambiaron el fonendo por la tiza y tuvieron la lucidez de ver la importancia capital que tiene formar a los profesionales que están por llegar. Recuerdo al Dr. Ferres, catedrático de Anatomía, llegar con sus tizas de colores, colocarse de espaldas a la clase y empezar a dibujar un hueso, sobre él un plano muscular y otro y otro y terminar con la tizas amarilla y roja dibujando nervios y arterias varias. Recuerdo las explicaciones de las profesoras titulares en la sala de disección (ésa que algunos decanatos plantearon eliminar) sobre el cadáver, estudiando cada plano, cada órgano, cada referencia del organismo humano. Pasan los años y no me olvido del Dr. Carrasco, el titular de Citología, que nos dibujaba núcleos, cromosomas y demás organelas celulares. Y que, al final de cada clase, nos enseñaba orgulloso sus imagénes de células en mitosis realizadas en su trabajo como patólogo.
Recordaré siempre la insistencia con la que los profesores de Histología general se empeñaban en hacernos entender la importancia que tenía dibujar para aprender su asignatura y se me vienen a la cabeza las imágenes de células formando epitelios, de husos neuromusculares y otros conceptos. Y, por encima de todos, hay dos nombres a los que guardo una profunda admiración y un especial cariño. Al Dr. Velayos, por transmitirme la pasión por la Anatomía, por enseñarme tanto, por legarme sus libros, por sus consejos, por su manera de ver la profesión y la vida y porque lo considero un auténtico maestro. Y al Dr. Santidrián, catedrático de Fisiología, la vocación docente es él. Es admirable la dedicación, la pasión con la que prepara cada clase, con la que va llenando pizarras y pizarras, ese "orgullo torero" de saber, de aprender cada día más y de plantear un reto cada vez que uno pisa su despacho. Es un verdadero honor haber aprendido con ellos.

Grandes profesores, maestros, personas, como dice la RAE de mérito relevante entre las de su clase. Y a su lado, lamentablemente, otros que parecen ver la docencia como una carga de la que han de desenvolverse de cualquier manera. Diapositivas repetidas a lo largo de los años ("sí, son las mismas de cuando estudiaba mi hermana hace X años"); profesores que se olvidan de que tienen clase y dejan a los alumnos colgados; clases sin preparar, porque si sólo te limitas a leer, poco has de preparar, etcétera, etcétera. Y lo mejor de todo, lo incomprensible, decanatos que ven en un cambio de plan de estudio la solución a todos los problemas. Se lanzan ideas peregrinas... ¿es realmente necesaria la sala de disección? ¿y si dejamos la Fisiología sólo en tres horas semanales? ¿Eliminamos sus prácticas? ¿Reducimos las horas de microscopio? ¿Introducimos asignaturas nuevas para que los alumnos pierdan el tiempo haciendo trabajos en grupo y diseñando pseudoinvestigaciones que nos le van a servir de nada si lo que pretendemos es formar a médicos generales?

Y yo pregunto: ¿Es ésa la solución? 

Decía mi catedrático de Hª de la Medicina, con toda la razón: ¿Creen que por cambiar los planes de estudios van a mejorar algo? ¿No se dan cuenta de que los profesores seguimos siendo los mismos? ¿Que nuestra manera de enseñar va a seguir siendo la misma? Yo respondo que no, que no se dan cuenta. Que cuatro o cinco en el despacho del decano deciden por una Facultad de más de mil personas. Para qué rellenar una encuesta de satisfacción docente si ya sabemos que todo va a seguir igual. Que hay profesores que tienen la desfachatez de incluir en sus presentaciones conceptos que ni ellos mismos conocen (-Perdone, ¿podría explicar en qué consisten esos signos? -Pues mira... esto... no lo sé. ¿Son sus diapositivas o es que ni siquiera se ha molestado en hacerlas y las ha sacado de Internet?)

No puedo creer en mis profesores. No en todos. Ya he señalado al principio que existen excepciones. Muchos intentarán hacerlo bien, otros no tanto, pero algo falla. Todo lo que me dicen está copiado de un libro u otro. Yo quiero algo más. Quiero prácticas de verdad, donde me enseñen y con médicos que me quieran enseñar (Mira que le dije al decano que no me mandara alumnos de 3º, que no tienen ni idea...). Por favor, ensénñeme a ser médico, a saber tratar a un paciente, a no hacer daño, a curar cuando se pueda y a aliviar el sufrimiento y acompañar el dolor siempre. ¿No lo hacen ustedes en sus consultas y en sus quirófanos? Dejen de mirar el ordenador y fíjense que detrás de la pantalla blanca hay una pizarra negra entera para escribir y un cajón lleno de tizas. Miren hacia atrás y miren hacia delante, hacia los alumnos. Aquí estamos, queriendo ser médicos, tablas rasas de las que ustedes tienen la oportunidad de sacar lo mejor, de imprimir un carácter. No dejen huella sólo en sus pacientes, dejen algo en nosotros. No queremos autómatas vestidos con bata blanca, no creo que eso sea hacer Medicina. Porque además de en la clínica, en el quirófano o en el laboratorio, también se hace Medicina (sí, con mayúsculas) en las aulas.

Las aulas, las mismas por las que ustedes pasaron antes.




2 comentarios:

  1. Muchos deberían leer estas líneas! Tienes mucha razón!!

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    1. Gracias por leerlas y por compartirlas. Me alegro de que te hayan gustado, pero ojalá no hubiera que escribirlas. Eso significaría que tenemos unos docentes como nos merecemos.

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