10 ene. 2012

De vuelta

Hoy he cruzado la Península de Sur a Norte. Casi mil kilómetros, eso sí, en tren. Unas siete horas de viaje amenizadas como siempre por el microcosmos que es un vagón de tren.

En el AVE, como siempre, gente que va o viene de trabajar, y que sigue trabajando mientras viaja. Es decir, gente gritando mientras habla por el móvil y hablando de dinero con muchos ceros. Quizá lo de airear el volumen de euros que mueven en un vagón repleto de gente sea despiste, quizá sea deseo de ostentanción ("ya veis, a mí la crisis no me afecta"). Allá cada cual.

En la pantalla una película para quinceañeras que me ha alentado a abrir el libro que llevaba en la mochila. A sangre fría, de Truman Capote. He leído unas cuarenta páginas y se están cumpliendo los pronósticos. Muy recomendables sus descripciones, su manera de sumergirte en la historia, de recrear la escena en la que se desarrolla la acción. Un lenguaje precioso. Mucho por aprender. Lástima que la señora de mi lado no quisiera enterarse de que el móvil se utiliza en las plataformas y sus continuas llamadas a las amigas interrumpieran mi viaje por la Norteamérica más profunda.

Y después, en el segundo tren, más tranquilo, sin nadie al lado, mitad anestesiado por los efectos del bocadillo, una pareja de ancianos que me ha sacado más de una sonrisa. No sé cuánto tiempo llevarán juntos los dos, ni qué les habrá deparado la vida, pero un diálogo de dos frases me ha servido para confirmarme que después de una vida juntos sigue habiendo ganas de querer. Y de despertar sonrisas. Siento robarles este pedacito de intimidad, pero cosas como ésta creo que se deben compartir. Ha sido delicioso:

Ella: "Claro, como tú no quieres a nadie..."
Él: "Yo te quiero a ti, y ya con eso me basta."

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